Recife, Brasil.
Que los mitos son traicioneros es una realidad que uno experimenta cuando visita una favela brasilera. Lejos de ser atacado, robado o incitado al consumo de drogas, el paseo por los estrechos recovecos de la ladera transcurre tranquilo al entrar la noche.
En Alto de Santa Terezinha, un barrio periférico de Recife, capital de Pernambuco, la vida está en la calle. Sus habitantes comparten sus buenas energías al son de la samba y el reggae, al margen de los horarios y las responsabilidades. Si hay algo que marca la filosofía en una favela es el companerismo y el cuidado por la familia.
"La preocupación por los ninos es constante, sino dónde estarían y qué estarían haciendo", asegura a Voces de América Latina Ronaldo, voluntario en la escuela CSU Aufranio Godoy. En este Centro de Juventud los ninos y jóvenes de 4 a 25 anos aprenden a ocupar su tiempo y talento en actividades como la capoeria, la danza afro o la percusión, una forma de mantenerse alejados de las drogas, la violencia o la marginalidad que han dado fama a las favelas internacionalmente.
Más de veinte maestros voluntarios y 300 alumnos se reúnen cada días en este espacio, que además de contar con 12 aulas, campo de fútbol y piscina, proporciona guardería y ayuda psicológica a los menores con problemas de drogas. "En la escuela también se trabaja para eliminar la desigualdad social y para darle importancia a las personas como tales, por encima de su color de piel", dice a Voces Ronaldo, maestro de percusion. El proyecto, financiado tanto por el gobierno del Estado de Pernambuco como por las propias donaciones de los habitantes de Santa Terezinha, no solo está enfocado al ocio sino también a la concienciación de los ninos sobre temas como la violencia o el racismo.
Todos los vecinos son conscientes de que la favela es un problema social y por eso, lejos de quedarse con los brazos cruzados, reaccionan y sacan adelante a los suyos no sólo a través de la escuela, sino mediante todo tipo de asociaciones y movimientos sociales y culturales.
Alma Toranzo y Noelia Vera.
Que los mitos son traicioneros es una realidad que uno experimenta cuando visita una favela brasilera. Lejos de ser atacado, robado o incitado al consumo de drogas, el paseo por los estrechos recovecos de la ladera transcurre tranquilo al entrar la noche.
En Alto de Santa Terezinha, un barrio periférico de Recife, capital de Pernambuco, la vida está en la calle. Sus habitantes comparten sus buenas energías al son de la samba y el reggae, al margen de los horarios y las responsabilidades. Si hay algo que marca la filosofía en una favela es el companerismo y el cuidado por la familia.
"La preocupación por los ninos es constante, sino dónde estarían y qué estarían haciendo", asegura a Voces de América Latina Ronaldo, voluntario en la escuela CSU Aufranio Godoy. En este Centro de Juventud los ninos y jóvenes de 4 a 25 anos aprenden a ocupar su tiempo y talento en actividades como la capoeria, la danza afro o la percusión, una forma de mantenerse alejados de las drogas, la violencia o la marginalidad que han dado fama a las favelas internacionalmente.
Más de veinte maestros voluntarios y 300 alumnos se reúnen cada días en este espacio, que además de contar con 12 aulas, campo de fútbol y piscina, proporciona guardería y ayuda psicológica a los menores con problemas de drogas. "En la escuela también se trabaja para eliminar la desigualdad social y para darle importancia a las personas como tales, por encima de su color de piel", dice a Voces Ronaldo, maestro de percusion. El proyecto, financiado tanto por el gobierno del Estado de Pernambuco como por las propias donaciones de los habitantes de Santa Terezinha, no solo está enfocado al ocio sino también a la concienciación de los ninos sobre temas como la violencia o el racismo.
Todos los vecinos son conscientes de que la favela es un problema social y por eso, lejos de quedarse con los brazos cruzados, reaccionan y sacan adelante a los suyos no sólo a través de la escuela, sino mediante todo tipo de asociaciones y movimientos sociales y culturales.
Alma Toranzo y Noelia Vera.
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